Historias de nuestra relación con el mundo
Desde Darwin solemos pensar en nuestros orígenes menos en términos de una esencia otorgada por los dioses que en términos de adquisiciones adaptativas de una vida inquieta y creativa. En algún momento de la historia evolutiva ha tenido origen, dentro del hábitat natural de una de las muchas especies existentes, una segunda naturaleza: el mundo simbólico, la cultura.
La historia de nuestra especie encuentra, entre sus primeros jalones, la pintura y la escritura. Pero tanto una como otra no pueden verse solo como objetos producidos, totalmente exteriores. La clave está en que hay un mundo simbólico e imaginario que, existiendo gracias a su expresión y exteriorización, no es nunca objeto, sino que nos constituye como sujetos. La imagen y la palabra son, en este sentido, trascendentales: condición de posibilidad de nuestra experiencia y aprehensión de la naturaleza.
¿Y qué pasa con el cuerpo? No es fruto del impulso de nuestros ancestros, como la pintura o la escritura. No es efecto de la voluntad humana, sino consecuencia de una historia que nos supera. Y sin embargo, el cuerpo es reabsorbido y convertido igualmente en un trascendental. No solo percibimos los cuerpos de los otros: leemos en ellos la vida. Reconocemos la edad, el humor y el dolor en el cuerpo. Se convierte en una herramienta de expresión cuando pintamos, pero también en un misterio cuando es el cuerpo el que se pinta. Lo tapamos y lo desnudamos y lo volvemos a tapar, porque el cuerpo se dice a veces demasiado.
En esa historia evolutiva mencionamos el uso del fuego o de las herramientas como momentos clave para entender el advenir de la cultura y la sociedad. Pero el propio cuerpo es una herramienta; es la parte de tierra de toda herramienta, como el mango de madera lo es para la pica metálica del martillo. El cuerpo escribe y el cuerpo pinta: y escribe para describirse y pinta para exhibirse.
En los cuerpos, en el lenguaje y en la imagen nos encontramos con un mapa que nos guía en la historia de la vida. El lenguaje nos envuelve como el río envuelve a los peces. El cuerpo es un gran imán con las dos polaridades. A través de los sentidos, nos abre al mundo y nos permite ver la luna y las estrellas, en las que nos olvidamos y nos quedamos absortos; pero el cuerpo también nos centra y atrae las miradas de los otros, que nos sirven para saber que estamos vivos.
El cuerpo, el lenguaje y la imagen son lentes muy sutiles, opacas y transparentes a un tiempo, en el que podemos aprender a leer y a descifrar mil y una historias para contar durante mil y una noches.
De momento nos vamos a dar cuatro días y cuatro noches para contar esas historias.
Este curso surge de la voluntad de la Sociedad Asturiana de Filosofía de interpretar la filosofía en uno de sus sentidos originales: como vocación hacia el saber en general. Por ello, no solo se invita a profesionales de la filosofía sino a todo tipo de artistas, investigadores e interesados en el poder de atracción de las imágenes, del lenguaje y del cuerpo.
Se contemplan, de modo general, diferentes tipos de aproximación. La clave central es la problemática de estos tres denominadores: cuerpo, lenguaje e imagen, como mediadores y constructores del mundo.
Así, hay espacio para todo tipo de enfoques:
- Antropología, paleontología, prehistoria
- Arte, literatura, cine
- Lingüística
- Historia social y cultural
- Política y moral
