Dado que los hombres no se comportan en sus aspiraciones de un modo meramente instintivo, ni tampoco como ciudadanos racionales del mundo, según un plan globalmente concertado, no parece que sea posible una historia de la humanidad conforme a un plan (como lo sería, por ejemplo, la de las abejas o la de los castores). No puede uno librarse de cierta indignación al observar su actuación en la escena del gran teatro del mundo, pues, aun cuando aparezcan destellos de prudencia en algún que otro caso aislado, haciendo balance del conjunto se diría que todo ha sido urdido por una locura y una vanidad infantiles e incluso, con frecuencia, por una maldad y un afán destructivo asimismo pueriles; de suerte que, a fin de cuentas, no sabe uno qué idea debe hacerse sobre tan engreída especie
La idea de que el mundo es un teatro es antigua. No obstante, solo en los siglos XVI y XVII esta metáfora comienza a elaborarse realmente. Ocurre, curiosamente, en la misma escena del teatro. En Como gustéis, escrita en 1599, Shakespeare nos presenta a varios grupos de personajes que, huyendo por diferentes motivos, acaban por coincidir en un bosque. Al escuchar sus respectivas historias, uno de los personajes dice a su compañero:
Ya ves que en la desdicha nunca estamos solos
Este gran escenario universal
Ofrece espectáculos más tristes
que la obra en la que actuamos
A lo que éste responde:
El mundo es un gran teatro,
y los hombres y mujeres son actores
todos hacen sus entradas y sus mutis
Y diversos papeles en la vida
Esta fértil metáfora aparece también en la lengua española. En El gran teatro del mundo de Calderón, obra compuesta entre 1630 y 1640, Dios se presenta a la vez como creador y espectador; Dios, además, reparte los roles a los actores. Cada hombre y cada mujer vienen al mundo con un papel asignado. Y, siguiendo la máxima estoica, su libertad se reduce a representarlo lo mejor posible. El rey ha de hacer de rey, el cura de cura y el pobre de pobre.
Una década más tarde, entre 1650 y 1660, Gracián publica El Criticón. El segundo capítulo lleva por título: El gran teatro del Universo. Como en el caso anterior, el supremo Artífice crea el mundo, pero aquí ya queda menos claro quién es el espectador y en qué consiste el espectáculo. Los personajes que intervienen, Andrenio y Critilo, hablan sobre el sol, la luna y sobre la belleza del cielo, como si el Universo hubiese sido hecho para su asombro y maravilla. Una interesante cuestión que se planeta entonces es: ¿es la Tierra el escenario y nosotros los actores, o es la tierra un patio de butacas y el cielo el espectáculo?
¿Qué ocurre si avanzamos cien, doscientos ó trescientos años, hasta llegar al presente? A finales del siglo XVIII, en un texto breve, Immanuel Kant utiliza de nuevo la metáfora. Aquí ya identifica a la Humanidad en los términos de «especie», con una curiosa idiosincrasia: su «insociable sociabilidad», que le hace dar pasos hacia atrás y hacia delante. Si observamos nuestra actuación en el gran teatro del mundo, dice Kant, pareciera que todos somos malvados o directamente locos —y en todo caso, egoístas y engreídos.
En Kant ya no hay un creador bien identificado. Y sin creador, se hace más apremiante la cuestión del espectador. La Naturaleza, ciega para la contemplación, muestra un cierto camino y dispone en consecuencia de cierto argumento para la trama de la vida. En resumen, si Kant hace de espejo de su tiempo, tenemos un teatro del mundo sin espectador pero con argumento.
A finales del s. XVIII y principios del s. XIX, con la Revolución francesa, con la Revolución industrial y con Kant de testigo, los historiadores nos dicen que entramos en la Edad Contemporánea. Este es nuestro tiempo, aunque no sabemos lo cerca o lejos que estamos del límite que nos separa del siguiente. Quizá estemos, sin saberlo, bailando sobre la cuerda floja que divide la Edad Contemporánea de lo que haya de venir.
En la actualidad vivimos como si no hubiese espectador fuera de la Tierra. En gran medida, se han perdido los papeles que nos decían quiénes somos cada uno y cuál es el argumento de la trama. Justo en el momento en el que nuestra especie puede comunicarse a través de una red global y tomar conciencia de sí misma como Humanidad, se diluyen los roles y argumentos, para bien o para mal. La Humanidad ha perdido la seguridad de actuar frente a un espectador que juzga en clave moral nuestras acciones, para condenarnos o para salvarnos. Se van diluyendo también algunos roles, atribuidos a la religión o a la clase en la que se nace. En tales circunstancias, la pregunta por este nuestro tiempo puede hacerse en la clave metafórica que nos ofrece la imagen del teatro del Mundo:
¿Quiénes son los protagonistas? ¿Cuál es el argumento? ¿Dónde está el escenario y dónde el patio de butacas? ¿Qué derechos y qué deberes tenemos como actores en este gran escenario universal? Si la filosofía consiste, entre otras cosas, en preguntar y en pensar, vayan por delante estas preguntas. A partir de aquí, invitamos a quien quiera a pensar, a escuchar y a dialogar sobre estas y otras cuestiones derivadas a lo largo de los días que dura el curso. El dramaturgo italiano Luigi Pirandello escribió en 1921 la obra Seis personajes en busca de autor. En este curso proponemos una particular adaptación del tema: personajes en busca de escenarios y argumentos.
